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Los acontecimientos de la ofensiva rusa durante los primeros meses de 1943 y los contraataques alemanes en el sur dejaron abierto un enorme saliente alrededor de Kursk, un promontorio que los alemanes querían separar del resto del territorio.

Los meses de marzo a junio de 1943 fueron un periodo de relativa inactividad en el frente oriental. Ambos ejércitos habían sufrido graves pérdidas durante el invierno, por lo que necesitaban tiempo para recuperarse. No fueron meses tranquilos ni carecieron de insidias por parte de los alemanes, ya que los rusos podían recibir libremente ayuda tanto de los ingleses como de los americanos, recuperaron las fuerzas más rápidamente que sus adversarios y cuanto más hubiera durado el periodo de la tregua, tanto más habría aumentado la posibilidad de éxito soviético. La Operación Ciudadela, el plan estudiado para eliminar el saliente de Kursk, se puso en marcha a comienzos de julio.

Dos armadas alemanas, la IXª Armada y la IVª Panzer, con una fortísima dotación de medios acorazados deberían atacar respectivamente al norte y al sur del saliente. Los rusos eran plenamente conscientes de la debilidad de las posiciones, por lo que se apresuraron a reforzarlas: dos Frentes, el Central y el del Voronezh, habían ocupado el saliente en donde se habían construido ocho líneas concéntricas de defensa, las cuales representaban complexivamente las más formidables defensas que los alemanes tendrían que asaltar en territorio soviético.

El encuentro que se produjo, recordado como la batalla de Kursk, fue la batalla más imponente de medios acorazados que jamás ha combatido: en el encuentro se vieron envueltos más de dos millones de hombres, 6.000 carros armados y 4.000 aviones. Aunque hoy se recuerde como una batalla terrestre, la de Kursk fue también una importante batalla aérea; la pérdida del dominio del aire por parte de la Luftwaffe fue un resultado muy importante y decisivo para la pérdida de la supremacía de la Wehrmacht por lo que se refiere a los medios acorazados.

Después de la decisiva victoria soviética de Stalingrado, en el frente ruso se registró un largo periodo de relativa tranquilidad. Duramente probados por el esfuerzo realizado durante el invierno los dos ejércitos se pusieron al reparo en sus respectivas líneas de defensa. En la primavera de 1943, al norte, en Leningrado, se siguió resistiendo desesperadamente en un asedio que duró varios años: los alemanes hicieron frente a varios intentos del Ejército Rojo de liberar la ciudad. Los soldados de ambas partes tenían que combatir en medio del barro que empantanaba los carros oruga y dificultaba el paso de los vehículos y de los carros.

El frente se despertó de repente a primeros de julio por iniciativa de los alemanes, que tenían como objetivo un territorio de unos 200 kilómetros entre Orel y Belgorod. Aquella zona, que constituye el punto de unión entre los sectores central y meridional del inmenso frente del Este, fue juzgado por todos los técnicos militares como el perno del sistema estratégico de la Europa oriental.

Dicho perno tenía dos profundos salientes: al norte, el de Orel, con el que los alemanes amenazaban a la formación soviética, y al sur, el de Kursk, que penetra peligrosamente dentro de la formación alemana. La «Operación Ciudadela» (este es el nombre de cobertura del plan defensivo alemán) trataba de eliminar el saliente de Kursk y poner en crisis el plan operativo del mando soviético que, según informaciones recogidas por los alemanes, iban a desencadenar una gran ofensiva durante el verano. Los alemanes se prepararon en secreto para la nueva empresa. Hitler, que en un principio autorizó una batalla con un objetivo limitado, superó de golpe el trauma de Stalingrado y volvió a esperar una victoria decisiva. La «Operación Ciudadela» podría ser el golpe capaz de hacer caer al gigante soviético.

El plan alemán preveía la utilización del grupo de armadas de von Kluge y del grupo de Manstein. Junto a estos dos grupos, se disponía de 900.000 hombres y casi 3.000 carros, entre los cuales había 200 Panther de 44,8 toneladas armados con un cañón de 75 milímetros de cañón largo y 90 Tiger de 56 toneladas, armados con las famosas piezas de 88 mm. Con éstas entraron en escena por primera vez incluso algunos ejemplares del Ferdinand, es decir, un gigantesco lanzamisiles de 68 toneladas que, sin embargo, se demostrará lento y mal armado para la defensa a corta distancia, teniendo que ser retirado casi inmediatamente de la primera línea.

Durante los últimos días de tregua, mientras el cálido sol estival secaba el barro y disponía el terreno para el paso de los carros, los conductores de carros alemanes, echados a la sombra de sus Panzer, los granaderos de asalto y los demás miembros de la fuerza de ataque eran muy conscientes de lo que tenían que afrontar. Veteranos de la campaña de Rusia, aquellos soldados habían perdido desde hacía tiempo las ilusiones sobre su superioridad en relación con los soldados soviéticos; sabían que la batalla iba a ser dura y que los rusos defenderían el saliente hasta el último hombre.

Entre los militares alemanes se murmuraba que el sistema de defensa del Ejército Rojo era de más de 50 kilómetros de profundidad, por lo que en la práctica, el saliente constituía una única y gigantesca fortaleza. Si por una parte el mando alemán tenía ideas muy claras sobre la forma de llevar a cabo el ataque, por la parte soviética estaban al corriente de muchas cosas sobre el momento inicial de la batalla, las directrices de la acción enemiga y las fuerzas adversarias que participarían.

Le había sido posible difundir entre sus tropas una advertencia muy concreta: el ataque se esperaba un día entre el 3 y el 6 de julio. Al poseer información de primera mano a través de desertores checoslovacos y húngaros, los soviéticos no deberían equivocarse en sus previsiones, por lo que esperaban el ataque para contraatacar. De esta forma, un encuentro que, según los planes alemanes tendría que haber sido una batalla de desfondamiento se convertiría en una batalla defensiva, preludio de la gran ofensiva soviética del verano orientada a la reconquista de Kharkov.

Sin embargo, a principios del mes de julio, esto no se preveía. En los planes del OKW, la «Operación Ciudadela» se había ido ampliando progresivamente: ya no se miraba sólo hacia Kursk, sino que se estudiaron acciones sucesivas orientadas hacia Moscú, el Volga y el Cáucaso. La convicción de Hitler, es decir, que todo no estaba perdido y que el Ejército Rojo podía ser todavía aniquilado, contagió incluso a los generales. Un elemento decisivo de la batalla que se iba a producir tenían que haber sido las divisiones acorazadas y las baterías anticarro. Los soviéticos, naturalmente, estando a la defensiva, tenían la ventaja de disponer de un sistema de plazas fuertes que integraban la acción de sus carros a lo largo de una línea de casi 6.000 piezas anticarro de 76,2 mm.

La formación alemana era imponente, aunque siempre inferior cuantitativamente a la formación soviética. Contra los 10.000 cañones alemanes, los soviéticos oponían 20.000, así como 3.600 carros frente a los 2.700 de los alemanes y 2.400 aviones frente a los 2.000 alemanes. La relación entre el número de los combatientes también estaba a favor de los soviéticos: 1.300.000 soldados del Ejército Rojo frente a 900.000 soldados de la Wehrmacht. Además, los soviéticos habían creado en el interior del saliente una serie de posiciones y líneas de defensa que en determinados puntos alcanzaban incluso los 290 kilómetros de profundidad, comprendiendo ocho cinturones de defensa.

Entre el 4 y el 5 de julio comenzó la batalla más grande que se produjo entre carros armados en toda la guerra. El fuego de los artilleros se abrió casi contemporáneamente por ambas partes: las fuerzas acorazadas de von Kluge y de Manstein atacaron con fuerza aunque, de la otra parte, el mariscal Rokossovski, comandante del frente Central, estaba preparado para el contraataque.

Dos días más tarde del comienzo de la batalla la situación aun era incierta. Al norte del saliente de Kursk, los Panzer del 41º, 46º y 476º Cuerpo acorazado se vieron obligados a detenerse; al sur, los panzer de Manstein registraron varios éxitos en dirección a Oboyan, en donde el cuerpo acorazado «SS» atravesó la línea de defensa y se dirigió decididamente ahacia la ciudad. Manstein vio en la apertura de esta brecha la única posibilidad de modificar a su favor la suerte de la batalla; sin embargo, necesitaba otras fuerzas y pidió insistentemente a Hitler que le permitiera utilizar las tropas frescas del 242 cuerpo acorazado, formado en defensa del Donez. Hitler respondió con una seca negativa, por lo que Manstein, que había avanzado 50 kilómetros hacia Kursk y se encontraba a tan sólo otros 50 kilómetros del objetivo, tuvo que detenerse.

El 11 de julio los rusos contraatacaron y la batalla degeneró en un ir y venir de carros con graves pérdidas por ambas partes. Al día siguiente, el 12 de julio, Manstein y von Kluge fueron convocados por el Führer, que anunció el desembarco anglo-americano ocurrido en Sicilia hacía dos días, el cese de los combates por parte de los italianos y, sobre todo, la necesidad de movilizar las fuerzas del frente ruso para obstaculizar el avance aliado en Italia: la «Operación Ciudadela», en definitiva, tuvo que ser interrumpida. Manstein protestó enérgicamente, mientras von Kluge, su inmediato superior, se resignó: su 91 Ejército era incapaz de proseguir la ofensiva, por lo que era mejor regresar a las posiciones de partida haciendo que el saliente de Orel, ocupado por las fuerzas alemanas, no fuera invadido por el Ejército Rojo.

El centro de la batalla se desplazó en aquella dirección; veintidós meses de ocupación permitieron a los alemanes construir una amplia línea de fortificación, a pesar de que los sectores eran amplios y las tropas insuficientes. Cuando atacaron los rusos, los alemanes trataron desesperadamente de construir una defensa que obstaculizara el avance enemigo.

La historia de aquellos combates prosiguió durante los meses siguientes con los alemanes empeñados en defender palmo a palmo sus posiciones y los rusos decididos a desfondar y reconquistar Orel. El 5 de agosto, Orel cayó; la guarnición alemana consiguió salvarse de puro milagro. El 18 de agosto, el saliente, que había sido una verdadera pesadilla para el mando soviético, fue enteramente eliminado. Lo que sucedió durante aquellos días de lucha en el frente oriental marcó un cambio definitivo en el curso de la guerra. Aunque menos vistosa que las otras, la batalla de Kursk fue probablemente más importante que la de Moscú y Stalingrado. Dicha batalla significó la pérdida total por parte de Alemania de cualquier iniciativa.

Desde aquel momento comenzó para la Wehrmacht una desesperada guerra defensiva, la cual terminará, después de un sacrificio enorme de vidas humanas, entre la chatarra de la Cancillería, en Berlín.

Emoción y miedo en Moscú

Al comenzar la ofensiva alemana en el sector de Kursk, en Moscú se desató una gran tensión e incluso un sentimiento de miedo. La noticia del ataque apareció en un largo artículo de «Estrella Roja», un artículo lleno de retórica y de nacionalismo: «Nuestros padres y nuestros antepasados hicieron muchos sacrificios para salvar a Rusia, su Patria. Nuestro pueblo no olvidará nunca Minin y Pozarskij, Suvorov y Kutuzov y los partisanos de 1812.

Nos sentimos orgullosos de que la sangre de nuestros antepasados corra por nuestras venas y seremos dignos de ellos…». La batalla que se libraba en Turgenev era sin duda importante: de su éxito dependían muchas cosas. Desde el primer día aparecieron con claridad dos hechos importantes: los alemanes habían comprometido fuerzas enormes en la batalla y estaban sufriendo pérdidas sin precedentes.

El comunicado del primer día decía: «Desde la mañana nuestras tropas sostienen obstinados combates contra las grandes fuerzas enemigas de infantería y carros que avanzan en los sectores de Orel, Kursk y Bielgorod. Las fuerzas enemigas cuentan con el apoyo de gran cantidad de aviones.

Todos los ataques han sido contestados con enormes perdidas para el enemigo; sólo en algún punto, pequeñas unidades alemanas han conseguido penetrar ligeramente en nuestras líneas de defensa. Los primeros informes indican que nuestras tropas (…) han inmovilizado y destruido 586 carros enemigos (…) 203 aviones enemigos han sido abatidos. Los combates continúan». Aquellos 586 carros fueron lo que más les impresionó: nunca se había visto nada igual en un solo día.

Cinco mil kilómetros de trincheras

Utilizando miles de civiles, los soviéticos cavaron centenares de trincheras a lo largo de cinco mil kilómetros; además se prepararon miles de campos de minas y barreras anticarro.

Considerando el sistema defensivo soviético es fácil comprender cómo de desesperado era el intento de la Wehrmacht; los comandantes alemanes, además de contar con el factor sorpresa, basaban sus esperanzas en la utilización de los nuevos medios acorazados, cuya potencia se creía que era suficiente como para eliminar el sistema defensivo adversario.

La más grande batalla entre carros de toda la guerra comenzó la noche que va del 4 al 5 de julio. El fuego de la artillería, con la utilización de miles de bocas de fuego, comenzó casi contemporáneamente por ambas partes. A las 5:30 horas de la mañana, decenas de «Panther» y de «Tiger», seguidos por lentos «Ferdinand», se pusieron en camino en la vasta llanura.

Las máquinas abrían amplias zonas en los campos de trigo sin sembrar avanzando hacia el este. Un río de acero y de fuego acompañaba el avance ruso. Durante muchos días las fuerzas acorazadas se encontraron con enorme violencia y la batalla de desarrolló en combates de grupo y en duelos a dos en donde los «Tiger» alemanes y el «T-34» soviético siempre fueron los protagonistas.

¿Envenenar a nuestras mujeres y a nuestros hijos?

Durante la batalla de Kursk, mientras llegaban de todos los frentes noticias alarmantes, los jefes nazis comenzaron a advertir la sensación de inseguridad y de miedo. El mismo Goebbels, ministro de la propaganda, en un momento de desahogo confió al general Guderian que tal vez había llegado el momento de pensar seriamente que los rusos podían entrar en Berlín. Así como «envenenar a nuestras mujeres y a nuestros hijos».

La Unión Soviética da miedo. Aunque vencida varias veces, el Ejército Rojo demostró tener unas capacidades ilimitadas para rehacerse. Frente a las 29 divisiones de infantería y las 13 divisiones acorazadas de su Grupo de Ejércitos, Manstein identificó en julio 109 divisiones y 9 brigadas de tiradores, 7 cuerpos de caballería, 7 cuerpo mecanizados, 10 cuerpos, 20 brigadas y 16 regimientos autónomos de carros armados. Aunque elevada, la estimación coincide con el cuadro general del ejercito soviético de 1943: 513 divisiones o brigadas de infantería, 41 divisiones de caballería, 290 brigadas mecanizadas o acorazadas.

Orgánicamente, las formaciones rusas son menos robustas que las correspondientes unidades alemanas, aunque en éstas hay algunos vacíos importantes. El grupo sur, por ejemplo, en julio-agosto perdió 133.000 hombres, siendo sustituidos sólo 33.000. Rusia fue terriblemente arrasada, pero disponía de un potencial humano cuatro veces mayor que el de su adversario alemán. Alemania consiguió una notable mejora.

Como ministro de Armamentos, para suceder a Todt, muerto el 8 de febrero de 1942 en un accidente aéreo, Hitler propuso a su arquitecto Albert Speer. La puesta en juego es de nota ya que Speer era un genio. En unos pocos meses se vio encargado de toda la producción bélica, y el ejército que se puso a sus ordenes para el trabajo pasó de 2.600.000 a 14.000.000 de hombres.

Los bombarderos aliados destruyeron las ciudades alemanas y los centros industriales, mientras la producción bélica alemana aumento dos, tres y cuatro veces en relación a 1939. Speer revigorizó la Aviación. Desde 1940 hasta 1942 el número de aviones construidos en Alemania ascendió de 10.247 a 15.409. Speer llegará en 1943 a 24.807, y en 1944 a 40.593. Alemania consiguió sacar mas fuerzas de un imperio que se estaba destruyendo, en un territorio saqueado que empezaba a tener cada vez menos reservas. Y sin embargo, los rusos lo hicieron aún mejor.

La producción y la puesta en circulación de los carros armados llegó a 2.000 unidades al mes, es decir, dos veces la producción alemana. El arma favorita rusa, el cañón, conoció un desarrollo aún más rápido: 30.000 cañones de calibre superior a los 100 mm fabricados en 1943 permitieron formar divisiones y cuerpos de artillería que reintrodujeron en la guerra el «Trommelfeuer» (fuego tamboreante) de 1916 a 1918.

En los sectores ofensivos, la densidad de las piezas alcanzaba normalmente los 300 por kilómetros; el ataque de Belgorod estuvo apoyado por no menos de 6.000 bocas de fuego. A pesar de ello, la ofensiva alemana en el sector de Kursk no llegó a agotarse. Es evidente el objetivo al que se dirigía el mariscal von Kluge: comprometer, mediante la eliminación del saliente, la suerte de toda la formación central soviética.

Fue entonces cuando el mando ruso ordeno a Timoshenko una contraofensiva de gran alcance en el cercano sector de Orel, centro logístico y táctico de gran importancia para los alemanes. Iniciado a mitad de julio con un número relevantes de fuerzas, este intento de diversión obtuvo el efecto esperado: los alemanes se vieron obligados a aligerar su presión en el sector de Kursk para dirigirse al norte en ayuda de Orel.

El centro de la lucha se desplazó en aquella dirección: los rusos no consiguieron liberar Orel, pero consiguieron quitarle al enemigo la capacidad de continuar con la ofensiva; de todas formas, seguían decididos a conquistar el saliente, ya que estaban convencidos de que dicha operación tendría un efecto importante en el frente septentrional. Por ello, prosiguieron con la presión ejercida sobre dicho sector utilizando reservas de hombres y medios muy superiores a las de los alemanes. Estos últimos intentaron en vano equilibrar la superioridad enemiga: los rusos no se detuvieron.

Finalmente, el 5 de agosto, Orel cayó y el contingente alemán consiguió el milagro de salvarse. El 18 de agosto, el saliente de Orel fue totalmente eliminado.

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